Este artículo forma parte de una serie de reflexiones escritas por nuestro Consejo de Administración Internacional para celebrar el 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.
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Al conmemorar los 800 años del Cántico de las Criaturas, no podemos dejar de detenernos en la estrofa más desafiante y profundamente liberadora de San Francisco:
“Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar.”
Francisco de Asís, en los últimos días de su vida en la Porciúncula, no rehuyó la fragilidad de su cuerpo ni la cercanía de la muerte. Al contrario, la abrazó como parte del tejido de la creación y como puerta hacia el encuentro definitivo con Dios. Allí, desnudo sobre la tierra, pidió que lo recostaran para experimentar su total pequeñez y su total confianza en el Padre.
Francisco y su testimonio
Toda la vida de Francisco fue un aprendizaje de desapropiación: dejar lo que parecía indispensable para descubrir que sólo Dios basta. Ese camino de despojo llegó a su culmen en el encuentro con la muerte, cuando la recibió no como enemiga, sino como hermana que lo conducía al abrazo de Cristo.
El hecho de llamarla “hermana” nos revela un misterio de fraternidad radical: incluso la muerte, realidad temida y muchas veces rechazada, tiene un lugar dentro del proyecto amoroso del Creador. En ella, lejos de un final oscuro, Francisco percibió la luz del paso pascual.
Una llamada para nuestro tiempo
En un mundo marcado por guerras, violencias, exclusiones y crisis ecológicas, la figura de Francisco nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. Aceptarla como hermana no significa glorificar el sufrimiento, sino vivir reconciliados con nuestra condición limitada, abrirnos a la esperanza de la resurrección y aprender a cuidar la vida en todas sus expresiones.
La certeza franciscana es que la muerte abre el horizonte hacia el encuentro definitivo con el Señor. Desde ahí, se nos invita a vivir con sencillez, a reconciliarnos con la creación y con los demás, y a comprometernos en la defensa de la dignidad humana y del planeta, sabiendo que cada paso en justicia y fraternidad prepara nuestro corazón para la eternidad.
Conclusión
Celebrar los 800 años del Cántico es también aprender de Francisco a decir, sin miedo:
“Bienvenida seas, hermana muerte, porque en ti se cumple la promesa del Amor que no muere.”
Que esta conmemoración inspire a Franciscans International a seguir trabajando por un mundo donde la vida sea respetada, la dignidad sea defendida y la muerte no sea fruto de la violencia o la injusticia, sino el paso sereno hacia la plenitud de Dios.
– Por hermano José Eduardo Jazo Tarín TOR