Hermana Madre Tierra, y el Llamado a la Conversión Ecológica

«Alabado seas, Señor mío, por nuestra hermana, la Madre Tierra, que nos sustenta y nos gobierna, produciendo frutos variados con flores de colores y hierbas.» – San Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas

Estas palabras revelan la visión de San Francisco de un universo creado en y para el amor —un universo profundamente interpersonal, interrelacionado, interconectado e integral—. Al reflexionar sobre la Madre Tierra, reconocemos el planeta como un sistema único, complejo e interconectado. 

La Madre Tierra proporciona los recursos fundamentales esenciales para toda la vida: un flujo continuo de energía; agua líquida; una atmósfera con gases vitales; y compuestos orgánicos, nutrientes e ingredientes químicos esenciales. La revolución franciscana reside en la creencia de que la Tierra sustenta y gobierna.  

La revolución franciscana reside en la convicción de que la Tierra sostiene y gobierna. El pensamiento bíblico anterior a Francisco afirmaba con frecuencia que los seres humanos debían dominar la Tierra, pero él fue el primero en cuestionar esta idea.  

No es misión de los seres humanos controlar, dominar, desfigurar, destruir o desechar todo lo que nos resulte útil en el mundo natural. Dios —y San Francisco— nos llaman a reconocer nuestro lugar como cocriaturas y compañeros de viaje de la Madre Tierra, quien, en última instancia, nos proporciona todo lo que necesitamos para sobrevivir. 

Cuando aceptamos nuestra identidad como criaturas dependientes e interdependientes; cuando reconocemos que la Madre Tierra y toda la creación están dotadas de personalidad y capacidad de actuar; y cuando abrimos nuestras vidas a un proceso de conversión ecológica que dura toda la vida, nos encontramos en el camino hacia la sabiduría auténtica —una sabiduría profundamente espiritual. 

Para San Francisco, este camino relacional de la sabiduría, en el que todos los miembros de la creación son reconocidos como hermanos y hermanas, es el único camino capaz de restaurar la relación correcta y la plena comunión con Dios, entre nosotros y con toda la creación. Al seguir este camino, la conversión ecológica echa raíces en nosotros y nos hacemos capaces de reconocer el «grito de la tierra, el grito de los pobres» (Laudato Si’, 49) —y nuestra responsabilidad de responder. 

Ocho siglos después, esta responsabilidad significa para Franciscans International integrar la justicia ambiental como un pilar central de nuestro trabajo ante las Naciones Unidas. La conciencia de que estamos profundamente interconectados con la naturaleza ha sustentado desde siempre la labor de incidencia franciscana: primero en favor del reconocimiento y ahora de la implementación del derecho humano a un medio ambiente sano. En muchos sentidos, los distintos elementos de este derecho —aire y agua limpios, un clima estable, etc.— reflejan los matices que san Francisco alaba en el Cántico de las Criaturas. 

Rechazar la idea de que el mundo natural existe para ser explotado conduce a una postura franciscana clara frente a la codicia empresarial, que se ha convertido en una de las principales causas de la degradación ambiental. Por ello, trabajamos para consagrar normas vinculantes para las empresas transnacionales dentro del derecho internacional de los derechos humanos. Al mismo tiempo, las y los franciscanos abogan por la protección de los pueblos indígenas y de las comunidades marginadas cuyas tierras tradicionales se ven amenazadas y cuyos medios de vida son destruidos en nombre del desarrollo y del crecimiento económico. 

Hoy, cuando la humanidad está llevando el clima a su punto de ruptura, los debates globales sobre políticas y protección ambiental son precisamente el espacio donde se cruzan nuestro compromiso franciscano con el cuidado de la creación y la defensa de los derechos humanos —y donde nuestra voz debe hacerse escuchar. 

Que nuestra hermana, la Madre Tierra, nos enseñe el camino de la sabiduría, la unidad y la armonía. 

Por Blair Matheson TSSF, Director Ejecutivo de Franciscans International

Caminando la Tierra,  Caminando con Cristo  

Por Carolyn D. Townes OFS, Miembro de nuestra Junta Directiva Internacional

En aquel primer día de la semana, dos discípulos caminaban por un camino polvoriento, con el corazón pesado y los pasos lentos. Cargaban el peso del duelo, la confusión y el derrumbe de todo lo que creían saber. El mundo se sentía más pequeño. Y, sin embargo, aun en su tristeza, siguieron caminando. Siguieron avanzando a través de la creación: campos, árboles y la belleza del mundo que continuaba su curso incluso en medio de la oscuridad de la crucifixión. 

El Jesús resucitado no se les aparece en un santuario ni en el templo. Se les acerca en un camino. Un camino simple, terroso, de polvo. Los encuentra mientras caminan, conversan y tratan de comprender su dolor. Los encuentra al aire libre, donde el polvo se adhiere a sus sandalias y el viento roza sus rostros. La resurrección, al parecer, no está confinada a los lugares sagrados. Está tejida en la misma trama de la creación. 

Mientras caminan, Jesús primero escucha. Les permite nombrar su dolor. Les permite hablar del mundo tal como lo ven: roto, injusto e incierto. Solo entonces comienza a abrirles las Escrituras, ayudándoles a ver que la obra vivificante de Dios siempre se ha manifestado a través del mundo natural: zarzas ardientes, mares que se abren, travesías por el desierto, jardines que florecen con promesa. La creación siempre ha sido compañera en la revelación. Y aun así, no lo reconocen. 

No es hasta que se detienen. No es hasta que se sientan a la mesa. No es hasta que Él toma el pan, grano de la tierra. Lo bendice, lo parte y se los da. En ese momento de alimento compartido, se les abren los ojos. La resurrección se hace real no por argumentos ni pruebas, sino por la relación, la hospitalidad y los dones de la tierra. Este es el corazón de la Pascua: Cristo dado a conocer en la fracción del pan, en los caminos recorridos, en la santidad cotidiana de la creación. 

Hoy caminamos nuestros propios caminos de Emaús. Cargamos nuestras propias tristezas: personales, comunitarias, ambientales. Vemos las heridas de la tierra: bosques arrasados, aguas contaminadas, especies que desaparecen, patrones climáticos que cambian con alarmante rapidez. Sentimos el peso de una creación que gime por sanación. Y, como aquellos primeros discípulos, a veces nos preguntamos si la esperanza aún es posible. 

Pero la Pascua insiste en que la esperanza no solo es posible, sino que ya está brotando bajo la superficie. La resurrección no es una huida del mundo; es el profundo “sí” de Dios al mundo. Un sí a los cuerpos, a la tierra, al aliento, a los ecosistemas, a la red interconectada de la vida. Un sí a la posibilidad de que lo que ha sido destruido pueda ser restaurado. 

La historia de Emaús nos recuerda que Cristo camina con nosotros en el camino del duelo ecológico. Escucha nuestros temores. Recibe nuestro lamento. Y nos invita a ver la creación no como un telón de fondo de nuestra vida espiritual, sino como un testimonio vivo de la obra continua de resurrección de Dios. 

Cuando los discípulos finalmente reconocen a Jesús, dicen: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?”. Ese ardor no es solo fervor espiritual: es un despertar. Es la conciencia de que Dios ha estado presente todo el tiempo, en cada paso, en cada aliento, en cada ser viviente. 

La poeta Mary Oliver escribió una vez: “Instrucciones para vivir una vida: Presta atención. Quédate asombrado. Cuéntalo.” La Pascua nos llama a este tipo de atención: a notar la resurrección que sucede en formas pequeñas y silenciosas: una semilla que rompe la tierra, un río que recupera su claridad, una comunidad que elige prácticas sostenibles, un niño que planta un árbol con esperanza. 

Cuidar la creación es participar en la resurrección. Es decir con nuestras acciones que creemos que la muerte no tiene la última palabra, que la restauración es más fuerte que la destrucción y que la comunión es más fuerte que el consumo. Es caminar el camino de Emaús con los ojos abiertos, el corazón ardiente y las manos listas para bendecir la tierra que primero nos bendice. 

Cristo ha resucitado — y la creación resucita con Él. 

Bienvenida sea nuestra hermana muerte

Este artículo forma parte de una serie de reflexiones escritas por nuestro Consejo de Administración Internacional para celebrar el 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.

Al conmemorar los 800 años del Cántico de las Criaturas, no podemos dejar de detenernos en la estrofa más desafiante y profundamente liberadora de San Francisco:

“Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar.”

Francisco de Asís, en los últimos días de su vida en la Porciúncula, no rehuyó la fragilidad de su cuerpo ni la cercanía de la muerte. Al contrario, la abrazó como parte del tejido de la creación y como puerta hacia el encuentro definitivo con Dios. Allí, desnudo sobre la tierra, pidió que lo recostaran para experimentar su total pequeñez y su total confianza en el Padre.

Francisco y su testimonio

Toda la vida de Francisco fue un aprendizaje de desapropiación: dejar lo que parecía indispensable para descubrir que sólo Dios basta. Ese camino de despojo llegó a su culmen en el encuentro con la muerte, cuando la recibió no como enemiga, sino como hermana que lo conducía al abrazo de Cristo.

El hecho de llamarla “hermana” nos revela un misterio de fraternidad radical: incluso la muerte, realidad temida y muchas veces rechazada, tiene un lugar dentro del proyecto amoroso del Creador. En ella, lejos de un final oscuro, Francisco percibió la luz del paso pascual.

Una llamada para nuestro tiempo

En un mundo marcado por guerras, violencias, exclusiones y crisis ecológicas, la figura de Francisco nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. Aceptarla como hermana no significa glorificar el sufrimiento, sino vivir reconciliados con nuestra condición limitada, abrirnos a la esperanza de la resurrección y aprender a cuidar la vida en todas sus expresiones.

La certeza franciscana es que la muerte abre el horizonte hacia el encuentro definitivo con el Señor. Desde ahí, se nos invita a vivir con sencillez, a reconciliarnos con la creación y con los demás, y a comprometernos en la defensa de la dignidad humana y del planeta, sabiendo que cada paso en justicia y fraternidad prepara nuestro corazón para la eternidad.

Conclusión

Celebrar los 800 años del Cántico es también aprender de Francisco a decir, sin miedo:

“Bienvenida seas, hermana muerte, porque en ti se cumple la promesa del Amor que no muere.”

Que esta conmemoración inspire a Franciscans International a seguir trabajando por un mundo donde la vida sea respetada, la dignidad sea defendida y la muerte no sea fruto de la violencia o la injusticia, sino el paso sereno hacia la plenitud de Dios.

– Por hermano José Eduardo Jazo Tarín TOR

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la Madre Tierra…

Este artículo forma parte de una serie de reflexiones escritas por nuestro Consejo de Administración Internacional para celebrar el 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la Madre Tierra, que nos sostiene y gobierna, produciendo frutos variados con flores de colores y hierbas.

– San Francisco de Asís, Cántico de las criaturas

Estas palabras del Cántico de las criaturas —o Cántico del hermano sol—compuesto por San Francisco de Asís en 1225-26 revelan su comprensión de un universo creado en y para el amor, profundamente interpersonal, interrelacionado, interconectado e integral. Como nos recuerda el papa Francisco, al reflexionar sobre el origen y el significado de la creación, e inspirado por el Cántico de San Francisco: «El universo no surgió como resultado de una omnipotencia arbitraria, una demostración de fuerza o un deseo de autoafirmación. La creación es el orden del amor. El amor de Dios es la fuerza motriz fundamental de todas las cosas creadas» (Laudato SI: 77).

Al reflexionar sobre la Madre Tierra, reconocemos el planeta como un sistema único, complejo e interconectado. Esta perspectiva integral reconoce las intrincadas relaciones entre los componentes físicos de la Tierra (geosfera, hidrosfera, atmósfera), sus organismos vivos (biosfera) y el poderoso y a menudo perjudicial impacto de la humanidad. La Tierra proporciona recursos fundamentales esenciales para toda la vida: un flujo continuo de energía; agua líquida; una atmósfera estable y adecuada con gases vitales; compuestos orgánicos y nutrientes; temperaturas moderadas; e ingredientes químicos vitales. La Madre Hermana Tierra también nos proporciona un campo magnético que protege la vida de la radiación solar dañina, y placas tectónicas y estaciones que contribuyen a la habitabilidad del planeta. Visto así, la Tierra es un organismo vivo que proporciona las condiciones necesarias para la supervivencia de todos los habitantes de la vida. 

San Francisco abre nuevos caminos dentro del cristianismo occidental cuando habla de la hermana Madre Tierra como portadora de un doble papel: sostener y gobernar a todos los miembros de la comunidad terrestre. En primer lugar, San Francisco reconoce la personalidad y la agencia de todas las criaturas: «Hermano Sol, hermana Luna, hermana Madre Tierra». Pero San Francisco va un paso más allá. Según Christiana Garzena, «la revolución franciscana consiste en la afirmación de que la tierra sustenta y gobierna… La exégesis bíblica anterior a Francisco sostenía que los seres humanos debían dominar la tierra… Él es la primera persona en cuestionar esto» (véase Jacques Delarun, Il Cantico di Frate Sole, Asís, Biblioteca Francescana, 2015:55). La misión de los seres humanos no es controlar, dominar, desfigurar, destruir y desechar todo lo que nos resulta útil en el mundo natural. Dios y San Francisco nos llaman a reconocer nuestro lugar como cocreadores y compañeros de viaje de la Hermana Madre Tierra, que, en última instancia, nos proporciona todo lo que necesitamos para sobrevivir.

Si hay alguna duda sobre quién gobierna a quién, solo tenemos que fijarnos en los fenómenos meteorológicos cada vez más violentos y destructivos —olas de calor, sequías, inundaciones, incendios forestales, huracanes, etc.—, que son la forma que tiene la naturaleza de recordarnos que, en realidad, no somos los amos y dioses de nuestro propio destino. Somos socios dependientes, interdependientes y corresponsables de toda la creación, llamados a responder a nuestra vocación específica de amar, respetar y cuidar a todos los miembros de la comunidad terrestre, tanto humanos como no humanos. Cuando aceptamos la naturaleza de nuestra identidad como criaturas dependientes e interdependientes; cuando reconocemos que nuestra hermana Madre Tierra y toda la creación están dotadas de personalidad y agencia; cuando abrimos nuestras vidas a un proceso de «conversión ecológica» que dura toda la vida; nos encontraremos en el camino hacia la sabiduría auténtica, una sabiduría profundamente espiritual, pero que también exige esfuerzos urgentes, concretos y conjuntos para abordar los factores que impulsan el cambio climático y las amenazas a la biodiversidad y a la existencia futura de innumerables millones de seres humanos y otras formas de vida (cf. Papa Francisco, Laudate DeumFranciscans International, The Right to a Healthy Environment).

Pero, ¿cómo puede el camino de la sabiduría llevarnos a una nueva relación con la creación? El Papa Francisco, en Querida Amazonia (42), reflexiona sobre las numerosas culturas indígenas de todo el mundo que siguen aplicando un enfoque de sabiduría en su relación con la creación. Escribe : «La sabiduría de los pueblos originarios de la región amazónica «inspira el cuidado y el respeto de la creación, con una clara conciencia de sus límites, y prohíbe su abuso. Abusar de la naturaleza es abusar de nuestros antepasados, de nuestros hermanos y hermanas, de la creación y del Creador, y hipotecar el futuro». Para san Francisco y el papa Francisco, este camino relacional de la sabiduría, en el que todos los miembros de la creación son reconocidos como hermanos y hermanas, es el único camino capaz de restaurar la relación correcta y la plena comunión con Dios, entre nosotros y con toda la creación. Si seguimos este camino, permitiendo que una conversión ecológica eche raíces en nosotros, nos veremos capaces de reconocer el «grito de la tierra [y el] grito de los [hermanos y hermanas] pobres (Laudato Si’:49) y nuestra responsabilidad de responder.

Unámonos en oración y acción. Que nuestros esfuerzos previos y posteriores a la 30.ª reunión de la conferencia de la ONU sobre el cambio climático (COP-30) en Belém, Brasil, en noviembre de 2025, sirvan para promover una conversión ecológica profunda y duradera, y el inicio de un proceso de sanación y restauración. Aceptemos nuestra vocación y misión de alabar a Dios a través del amor y el cuidado de toda la creación. Que nuestra hermana Madre Tierra nos enseñe el camino de la sabiduría, la unidad y la armonía. ¡Laudato Si’, o mi Signore! ¡Alabado seas, Señor mío!

– Por el hermano Michael A. Perry OFM

Se trata de una traducción automática. Rogamos disculpen los errores que puedan haberse producido. En caso de divergencia, la versión inglesa es la autorizada. 

Alabado seas, mi Señor, por el hermano sol

Este artículo forma parte de una serie de reflexiones escritas por nuestro Consejo de Administración Internacional para celebrar el 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.

Elevándose lentamente desde el horizonte, ilumina los rincones oscuros de nuestra noche. Lenta, suave y graciosamente despliega sus rayos para derretir el rocío y calentarnos a nosotros y a la Madre Tierra. Cuánto se parece a ti, Señor, al iluminar nuestros caminos y permitirnos caminar con seguridad. Y como tú, ilumina todo el universo. Todo lo que era oscuro, tenebroso y quieto en la noche se vuelve más claro cuando llega la luz. Todo se vuelve claro con el brillo de tu amor.

Alabado seas, Señor

por este nuestro hermano Sol, que nos da este brillo cuando estamos oscurecidos por nuestras propias preocupaciones y problemas de nuestro mundo

Alabado seas, Señor

cuando el frío de nuestros corazones se congela. Tú nos das el calor que necesitamos para abrir nuestros corazones y compartir nuestro amor con los demás.

Alabado seas, Señor,

por los rayos del hermano Sol que llegan a lugares lejanos donde nuestros ojos no pueden ver. Al igual que tu amor, esos rayos tocan y calientan a nuestras familias y amigos en el otro extremo del mundo, donde no podemos llegar, pero recibimos su calidez.

Alabado seas, Señor,

por las criaturas que disfrutan del crecimiento y la buena salud que les brinda nuestro hermano Sol, para alimentar al universo y mantenerse sanas.

Alabado seas, Señor

por la claridad que el Hermano Sol trae a nuestras vidas para ver la belleza de los diferentes colores, matices y diseños de la vida, lo que nos llena de alegría y gratitud mientras caminamos por los campos de los senderos iluminados hacia nuestro hogar común.

Como franciscanos, estamos invitados a cuidar especialmente nuestro universo y todo lo que existe en él. «Dios vio que todo lo que había hecho era muy bueno…» (Génesis 1:31), por lo que debemos preservar y conservar la bondad que Él ha creado en cada criatura viviente.

– Por la hermana Charity-Lydia K. Nkandu SFMA

Se trata de una traducción automática. Rogamos disculpen los errores que puedan haberse producido. En caso de divergencia, la versión inglesa es la autorizada. 

El Hermano Viento y el Aliento de Dios

Este artículo forma parte de una serie de reflexiones escritas por nuestro Consejo de Administración Internacional para celebrar el 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.

«Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire, nublado y sereno,
y por todo tipo de clima,
a través del cual das sustento a tus criaturas».
— San Francisco de Asís

En su Cántico de las criaturas, San Francisco no veía separación entre el espíritu y la tierra, el cielo y la tierra, el aliento y el ser. Llamaba «hermano» al viento, reconociendo en sus corrientes invisibles la presencia de Dios: salvaje, libre y sustentador.

El viento es el movimiento del aire, y el aire es el aliento de la vida. Es el regalo invisible que tan a menudo pasamos por alto. Desde el primer aliento que tomamos hasta el último, estamos envueltos en el abrazo del Hermano Viento, que nos lleva, nos consuela y nos sostiene. En el libro del Génesis, es Dios quien da vida a la humanidad. Y en el Evangelio de Juan, Jesús compara el Espíritu de Dios con el viento: se mueve donde quiere, se siente pero no se ve, siempre es un misterio.

El aire nos rodea, ya sea nublado o sereno, turbulento o tranquilo. Nos enseña que la presencia de Dios no depende de la claridad o la calma. Incluso en momentos tormentosos, el Espíritu siempre se mueve, agitando lo que se ha estancado, barriendo lo que ya no sirve e invitándonos a la libertad.

San Francisco no alababa al viento porque fuera agradable o predecible. Lo alababa porque servía al propósito de Dios. Lo mismo ocurre con nuestras vidas. No estamos llamados a controlar el viento, sino a confiar en Aquel que lo envía. Dejar que nuestros corazones se conmuevan, que nuestra respiración sea sagrada y que nuestros espíritus se agiten por el Santo Misterio en todas las cosas.

Tomemos un momento, ahora, para respirar profundamente. Para salir al exterior y sentir el viento en nuestro rostro, para dar gracias por los dones invisibles que nos sostienen. Escuchemos al Espíritu en el susurro de las hojas, en los cielos cambiantes y en la respiración tranquila que llena nuestros pulmones.

Oración
« Dios santo, que te alabemos a través del Hermano Viento,
que nos recuerda tu Espíritu, invisible, pero siempre presente.
Enséñanos a vivir en armonía con toda la creación
y a reconocer en cada respiración un motivo para dar gracias. Amén ».

Pregunta para la reflexión
¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a sentir el viento o a prestar atención a tu respiración? ¿De qué maneras podría el Espíritu de Dios estar moviéndose suavemente en tu vida, aunque no puedas verlo?

Por Carolyn D. Townes OFS

Se trata de una traducción automática. Rogamos disculpen los errores que puedan haberse producido. En caso de divergencia, la versión inglesa es la autorizada. 

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego…

Este artículo forma parte de una serie de reflexiones escritas por nuestro Consejo de Administración Internacional para celebrar el 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.

El fuego es a la vez peligroso y juguetón.

Es útil y destructivo.

Necesario y, sin embargo, temido.

Domesticado con cuidadosas precauciones, para que no se nos escape de las manos.

Su calor transforma las materias primas de las raíces, los pescados o la carne animal en alimentos que podemos comer y que nos sustentan.

Su calor nos calienta cuando hace frío y nos protege por la noche de los depredadores.

Sin embargo, su peligro acecha, listo para saltar si no estamos continuamente vigilantes.

Su poder destructivo puede arrasar bosques enteros, pero hay árboles cuyas semillas necesitan el calor del fuego para germinar.

Muchas historias de la creación de diversas culturas de todo el mundo cuentan que el fuego se obtuvo mediante el engaño o el robo a los dioses antiguos, o mediante heroicos viajes a lugares lejanos y peligrosos.

Estas historias nos enseñan a respetar la naturaleza y lo divino.

Nos hablan del valor de la comunidad y la cooperación para alcanzar objetivos comunes.

Y nos hablan de la importancia del coraje y la inteligencia ante la adversidad.

Francisco de Asís, en su Cántico de las criaturas, se dirige al fuego como a un hermano.

Alabado seas, mi Señor,
por el hermano fuego,
que ilumina la noche
y es hermoso y juguetón
y robusto y fuerte.

En la visión de Francisco, el fuego ya no era algo caprichoso o sin propósito. Él alaba a Dios a través de él y por él. Tiene un lugar en el hermoso orden de la creación de Dios. Ni siquiera temía el atizador al rojo vivo que se utilizaba en la cirugía de sus ojos, confiando en que, al igual que él había respetado al fuego y había sido amable con él, este sería amable con él.

Oramos por nuestro uso y nuestra relación con este precioso regalo de Dios.

Señor de la creación.
Escucha nuestra oración.
Oramos por un uso correcto del fuego y por celebrar todo lo que aporta a nuestras vidas. El calor para calentarnos y cocinar. Para nuestra seguridad.

Señor de la creación.
Escucha nuestra oración.
Oramos por aquellos que abusan de este don. Que utilizan el fuego para destruir y dañar a otros.

Señor de la creación.
Escucha nuestra oración.
Oramos por todo nuestro entorno. El fuego tiene su lugar, pero puede contribuir al calentamiento global. Dénos la sabiduría y la habilidad para usar bien el don del fuego para el bien común.

Señor de la creación.
Escucha nuestra oración.
Bendito seas, Dios del universo, porque el fuego es símbolo de tu Espíritu vivificante y desafiante, que siempre danza en la luz, destruye nuestra muerte y renueva nuestras vidas en Jesucristo, nuestro Redentor.

Amén.

– Hno. Christopher John SSF

Se trata de una traducción automática. Rogamos disculpen los errores que puedan haberse producido. En caso de divergencia, la versión inglesa es la autorizada.

Del Cántico a la acción climática: vivir Laudato Si’

Este artículo forma parte de una serie de reflexiones escritas por nuestro Consejo de Administración Internacional para celebrar el 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.

Mientras nos enfrentamos a los efectos cada vez más intensos del cambio climático, el año 2025 ofrece una oportunidad sagrada para la reflexión, el compromiso renovado y la acción profética. Este año, la familia franciscana de todo el mundo celebra tres hitos profundamente relacionados: el 800 aniversario de El Cántico de las Criaturas de San Francisco de Asís, el décimo aniversario de la encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco y el Día de la Tierra 2025. Estos aniversarios son más que fechas, son una llamada a despertar nuestro espíritu franciscano de justicia ecológica y a profundizar nuestro cuidado por nuestro hogar común.

En 1225, San Francisco compuso El Cántico de las Criaturas, alabando a Dios a través del Hermano Sol, la Hermana Luna y todos los elementos de la creación (Agua, tierra, aire y fuego). Incluso en el sufrimiento, Francisco veía el mundo como una comunión sagrada de vida. Hoy, su visión nos desafía a ir más allá de la dominación y el consumo, hacia el parentesco y la reverencia, cuidando de la Madre Tierra. «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna…» Estas palabras no solo son hermosas, sino que también son una visión profundamente profética de la justicia ecológica.

El papa Francisco se hizo eco de este espíritu en Laudato Si’, que sigue inspirando a muchas personas desde su publicación en 2015. Esta encíclica sigue siendo una de las respuestas morales más poderosas de la Iglesia a las crisis climáticas y ecológicas. Nos recuerda que el cuidado de la creación no es opcional. Está en el corazón de nuestro discipulado cristiano católico: «Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es esencial para una vida virtuosa». (LS 217). El Papa relaciona nuestra crisis ecológica con la injusticia y la pobreza. «El clamor de la tierra y el clamor de los pobres son el mismo clamor» (LS 49). La destrucción de los ecosistemas, la contaminación por plásticos y la pérdida de biodiversidad no son cuestiones aisladas. Son síntomas de una cultura del descarte que trata a las personas y a la naturaleza como algo casual.

Pero Laudato Si’ no es solo una crítica. Es un llamado a la esperanza y a la acción. En las bases, los franciscanos vivimos este llamado todos los días. En Kenia, involucramos a escuelas y parroquias en la plantación de árboles, la limpieza y la educación Laudato Si’. En lugares como Filipinas, las Islas Salomón y América Latina, nuestras hermanas y hermanos trabajan con las comunidades locales en la agricultura sostenible, la resiliencia climática y la defensa de los derechos indígenas. Un ejemplo poderoso es el centro comunitario franciscano JPIC Africa-Laudato Si en Isinya, Kenia. Este centro, entre el pueblo masái, consta de un pozo de agua comunitario, una granja de demostración agroecológica y otros programas centrados en el empoderamiento de la comunidad. Arraigado en la espiritualidad franciscana y de los masai, el centro ofrece un ejemplo vivo de cómo la acción climática, el respeto cultural y el cuidado espiritual pueden ir de la mano. Es una respuesta no solo a la destrucción ecológica, sino también a la marginación de las voces indígenas en la conversación climática.

En este viaje, caminamos junto a muchos otros, incluyendo la Red Madre Tierra y el Movimiento Laudato Si’ (MLS). El MLS ha movilizado a católicos de todo el mundo para que abracen la conversión ecológica. Su apoyo a iniciativas locales, la formación de animadores Laudato Si’ y las campañas de promoción mundial complementan la labor de los franciscanos y amplifican nuestra voz compartida en favor de la Tierra y los pobres. Juntos, estamos construyendo un movimiento global basado en la fe, la ciencia y la solidaridad y dando vida a Laudato Si’.

El tema del Día de la Tierra de este año, «El planeta contra los plásticos», nos ofrece una forma concreta de llevar a la práctica este llamamiento. Los plásticos están asfixiando el planeta y perjudicando a los más vulnerables. Inspirados por Laudato Si’, instamos a todas las comunidades franciscanas y a las personas de buena voluntad a rechazar los plásticos de un solo uso, abogar por un cambio político audaz y crear conciencia a través de la educación y la oración. A nivel internacional, Franciscans International lleva estas experiencias de base a las Naciones Unidas, donde abogamos por la justicia climática a través de la lente de los derechos humanos y la dignidad.

En palabras del papa Francisco: «Todo está conectado» (LS 91). La crisis ecológica es una crisis espiritual. Nos invita a una conversión más profunda, a una renovación de nuestra relación con Dios, con los demás y con la creación. Nos pide que vivamos con sencillez, caminemos con humildad y actuemos con justicia.

Celebremos estos aniversarios no solo con celebración, sino con valentía. Sigamos los pasos de San Francisco, abrazando una espiritualidad que es alegre, encarnada y comprometida con los clamores de nuestro tiempo. Laudato Si’ no es solo un documento, es una hoja de ruta para una nueva forma de ser. Al mirar hacia el futuro, que nuestra oración se convierta en acción y nuestra acción en alabanza: «Alabado seas, mi Señor».

Hermano Benedict Ayodi OFMCap

Se trata de una traducción automática. Rogamos disculpen los errores que puedan haberse producido. En caso de divergencia, la versión inglesa es la autorizada.  

Alabado sea, mi Señor, por nuestra hermana agua…

Este artículo forma parte de una serie de reflexiones escritas por nuestro Consejo de Administración Internacional para celebrar el 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.

Hasta el día de hoy, el Cántico de las Criaturas fascina por su originalidad y su evocadora creatividad. Al componerlo, al principio, el hermano Francisco sigue la enumeración clásica de los elementos en la secuencia con la que sus contemporáneos están familiarizados: después de los elementos cósmicos del sol, la luna y las estrellas, menciona al «hermano viento» junto con sus aliados «el aire, las nubes, sereno y todo tiempo»; luego sigue a «la hermana agua» en el lugar que tradicionalmente le corresponde. 

Pero inmediatamente el Hermano Francisco la rodea de características de particular densidad poética y espiritual. Afirma que la Hermana Agua es «útil y humilde y preciosa y casta». Armoniosa consonancia de utilidad, humildad, preciosidad, castidad: cadencia de servicio respetuoso en favor de la vida en su belleza y fragilidad. Ella no pretende ser la «vida» en sí misma, pero sin la discreta ayuda de la Hermana Agua, ninguna forma de vida en nuestra tierra es posible. Su presencia «útil, humilde, preciosa, casta» solo pretende ayudar a desplegar los poderes ocultos de la belleza en cada ser vivo. La «preciosidad» de la Hermana Agua se condensa en su generoso y discreto servicio a la belleza y la vida.

Me gustaría compartir una experiencia sencilla de cómo una pequeña fuente, posiblemente la representación más misteriosa y encantadora de nuestra Hermana Agua, se convierte en una invitación a entrar en contacto con las fuentes ocultas de vida y resiliencia en las adolescentes marcadas por heridas/dolores injustos.

La «Red Kawsay – Vida consagrada para una sociedad sin trata de personas», una iniciativa de religiosos y religiosas peruanos, ofrece talleres recreativos y formativos para supervivientes de la trata de personas y la violencia sexual. En uno de nuestros talleres, «Camino hacia la fuente, mi manantial interior», caminamos con los adolescentes participantes para visitar un pequeño manantial en la ciudad de Chucuito, Puno, en los alrededores del lago Titicaca. El ascenso es exigente, aunque la vista del majestuoso lago que acompaña el camino contra la corriente nos da nuevas fuerzas a cada paso. Fascinante es el «contraste» entre el esplendoroso Titicaca abajo y el humilde arroyo que nos muestra el tortuoso camino hacia arriba, hacia su misterioso origen entre las rocas al pie de la montaña «Atojja». 

Al llegar, utilizamos un texto guía y preguntas compartidas para reflexionar sobre el enigmático contraste entre la multiplicidad de formas del agua. No es solo el pequeño arroyo con el gigantesco lago de fondo lo que nos ayuda a reflexionar sobre la esencia única de ser siempre «agua»; la niebla, la cascada, la nieve, el hielo y el océano revelan esta misma preciosa belleza. Nuestras chicas descubren inmediatamente los paralelismos con sus propias vidas: la multiplicidad de nuestras emociones cambiantes; de nuestros miedos; reflejos de abusos, sufrimientos y desprecios que no pueden borrar la dignidad única e indestructible, la belleza, el deseo de vivir que Dios ha depositado indeleblemente en nuestras almas.

Hay una verdad más profunda aquí: el camino «contra corriente» no es fácil, y la tentación de abandonar la búsqueda de la «fuente» es a veces casi insuperable. Después de todo, el exigente caminar contra la pequeña corriente que baja la colina se convierte en un símbolo del desafío de hacer frente a la cultura dominante que con frecuencia reduce a las personas a objetos de «uso y eliminación».

Por otro lado, la fuente interior, a pesar de todas las «contaminaciones» que puedan haberse acumulado durante el curso del torrente, fluye imperturbable, fiel y limpia, sin cansarse nunca de ofrecer su agua pura para saciar nuestra sed.

Y también hay personas de las que brotan fuentes vivas (Jn 4, 14), de cuyas aguas podemos sacar nuevas fuerzas. Si miramos a nuestro alrededor, podemos identificarlas y estar agradecidos por su presencia. ¿Y si nosotros mismos, según la promesa del Señor, podemos llegar a ser un día fuentes de esperanza para los demás porque nuestras heridas han sanado y se han convertido en una inspiración?

Nuestro taller termina con un sencillo ejercicio de silencio e interiorización. Escuchamos el verso del Cántico de las Criaturas que se refiere a la Hermana Agua. Su preciosidad refleja la nuestra. Su humildad es verdaderamente más fuerte que la destructiva presunción de los abusadores. Su castidad nos remite a nuestra dignidad irrenunciable. Su utilidad es el humilde servicio a favor de la vida.

P. Vicente Imhof OFMConv

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Evangelio y derechos humanos hoy

Este año celebramos los aniversarios de dos conjuntos de normas o reglas que son de gran importancia para nosotros como familia franciscana. El 29 de noviembre de 1223 fue aprobada la Regla de la Orden Franciscana por el Papa Honorio III. El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la ONU proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Aunque ambas fechas – 29 de noviembre y 10 de diciembre – son muy cercanas entre sí en el calendario, también se hallan separadas por más de siete siglos. Y no es solo el número de años lo que distingue los textos. Mientras que la Regla Franciscana se escribió solo para un pequeño número de hombres pertenecientes a la Iglesia Católica que eligieron conscientemente vivir en comunidad sin matrimonio ni familia, la Declaración Universal de Derechos Humanos se aplica a todas las personas que viven en esta tierra, independientemente de su filiación religiosa, étnica o nacional.

Otra diferencia esencial y fundamental es el carácter de los textos: uno es una regla – esto es, establece reglas y obligaciones para quienes la aceptan. El otro consagra los derechos que pertenecen a cada individuo en virtud de su condición de ser humano.

Pero, por supuesto, los derechos y las obligaciones van de la mano: mis derechos siempre incluyen el deber de conferir el mismo derecho a los otros y el de respetarlo.

El Evangelio y la dignidad humana

Entonces, más allá de la fecha, ¿cuál es el factor unificador de estos dos textos y cuál es el significado de cada uno de ellos para nosotros como familia franciscana?

Si tratamos de resumir los respectivos textos en pocas palabras, podemos descubrir lo que tienen en común y el significado y las exigencias que ponen sobre nosotros como franciscanos. Esas palabras clave son ‘Evangelio’ y ‘dignidad humana’. La Regla de la Orden Franciscana consiste en “observar el Evangelio”. La Declaración de los Derechos Humanos consiste en “respetar la dignidad” de cada persona. La dignidad humana y el Evangelio están íntimamente entrelazados y, consiguientemente, son fundamentales para la espiritualidad y el modo de vida franciscanos.

En su ‘primer sermón’ en la sinagoga de Nazareth, el pueblo donde se había criado, Jesús explica cuál es su misión. Lo hace citando al profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos… (Lucas: 4:18). 

Con esto, Jesús pone en claro a quiénes está dirigida esta buena noticia: a los ‘pobres’. Hoy en día, quizás también podríamos decir “a aquellos que están marginados y que son discriminados por la sociedad”. En las Naciones Unidas hablamos a menudo sobre aquellos que son “particularmente vulnerables” o están “en riesgo”.

También deja bien en claro en qué consiste esta buena noticia: la liberación de los presos, la vista para los ciegos y la libertad para los oprimidos.

Además, Jesús deja bien determinado que este Evangelio – esta buena noticia – está sucediendo hoy. «Hoy» significa durante la vida y obra de Jesús. «Hoy» significa también que durante el tiempo de Francisco y Clara – en su trabajo y vida, el Evangelio sucedió. Y «hoy» también significa hoy – en nuestros días. En todas partes donde proclamamos el Evangelio en palabras y acciones.

La buena noticia de hoy

La lista de ejemplos en el sermón de Jesús, y también en las palabras del profeta Isaías, son solo ejemplos de todas las formas en que es posible alzarse en defensa de la justicia y contra la exclusión. Por supuesto que podemos decir que son ejemplos que defienden todos los derechos humanos.

En la defensa de los derechos humanos y de la dignidad humana a través de la acción de las Naciones Unidas y del trabajo de incontables organizaciones de derechos humanos, también se está realizando el “hoy” del Evangelio. Es por eso que vemos la defensa de los derechos humanos en la ONU como nuestra obligación y como un modo de vivir nuestra vocación franciscana.

Cuando la familia franciscana decidió comprometerse en la ONU y solicitó la acreditación, Robert Muller, por entonces Secretario General Adjunto de la ONU, dijo en reacción: “¿Qué los demoró tanto? Estábamos esperándolos”. Como el Hno. Michael Perry, antiguo Ministro General de los Frailes Menores y actual presidente de nuestra Junta Directiva Internacional, declaró durante el 30º Aniversario de FI, «Los principales valores consagrados en el documento de fundación de las Naciones Unidas reflejan los compromisos de Francisco y Clara para con la paz, con los pobres y con el planeta. Es un compromiso que nos hace responsables de un cumplimiento del que tenemos que dar cuenta».

Consiguientemente, es más que solo la fecha lo que junta estos dos textos fundacionales normativos. Es también su mensaje y su misión fundamental: proclamar el Evangelio defendiendo la dignidad humana y los derechos humanos. Que estos dos aniversarios nos vuelvan a motivar e inspirar.

Markus Heinze OFM, Agosto de 2023.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista ITE.