«Todo o nada» – un franciscano lleva la crisis de Cabo Delgado ante las Naciones Unidas

Cuando el hermano Agostinho Matlavele OFM habla ante las Naciones Unidas (ONU), transmite un mensaje sencillo pero urgente: el pueblo de Cabo Delgado quiere paz, dignidad y que se le escuche. Hablando en nombre de Franciscans International (FI) durante las sesiones previas de la sociedad civil del Examen Periódico Universal (EPU) de Mozambique, un proceso de la ONU en el que los Estados examinan mutuamente sus historiales en materia de derechos humanos y proponen mejoras concretas, su voz refleja tanto una profunda espiritualidad franciscana como un compromiso cada vez mayor con la defensa de los derechos humanos.

Nacido y criado en Mozambique, la vocación del hermano Agostinho tiene sus raíces en la experiencia vivida. «Al provenir de una situación de pobreza», explica, «me resultó fácil identificar mi fe con la pobreza de Jesús y de San Francisco». Para él, la vida franciscana no consiste solo en renunciar a las riquezas materiales, sino en elegir la proximidad con quienes sufren y defender su dignidad cuando se ve amenazada.

Esa vocación le ha llevado a la defensa internacional, a través de la cual trata de garantizar que las realidades de Cabo Delgado no se olviden en los espacios de toma de decisiones a nivel mundial. Cabo Delgado, que antes era conocido por su belleza natural y sus abundantes recursos, ahora se asocia ampliamente con el conflicto y el desplazamiento. La violencia entre los grupos insurgentes y las fuerzas gubernamentales ha obligado a cientos de miles de personas a huir de sus hogares, dejando atrás las tierras que sustentaban a sus familias desde hacía generaciones. A día de hoy, más de un millón de personas en el norte de Mozambique necesitan ayuda humanitaria, en un contexto marcado por la inseguridad y la grave escasez de fondos.

«Son las comunidades las que sufren», afirma el hermano Agostinho. «Abandonan sus hogares para escapar de la guerra, pierden las tierras donde cultivaban sus alimentos y son reubicadas en lugares que no conocen». Los pescadores ya no pueden pescar. Los agricultores ya no pueden cultivar. Muchas familias desplazadas viven ahora en asentamientos donde los recursos son escasos y la seguridad sigue siendo incierta.

Aunque el hermano Agostinho no reside en Cabo Delgado, su labor de defensa se basa en una estrecha colaboración con las hermanas y frailes franciscanos que trabajan directamente con las comunidades afectadas. Durante años, los franciscanos sobre el terreno han acompañado a las familias desplazadas por la violencia, han proporcionado apoyo pastoral y humanitario en los campamentos de reasentamiento y han documentado las violaciones de los derechos humanos. Este trabajo colaborativo, junto con talleres preparatorios, presentaciones y un compromiso sostenido a través de FI, hizo posible que las voces de Cabo Delgado llegaran a Ginebra. Los testimonios compartidos con el hermano Agostinho poco antes de su viaje garantizaron que su defensa reflejara realidades vividas en lugar de abstracciones.

Las mujeres y los niños, subraya, son especialmente vulnerables. «En situaciones de guerra, los hombres pueden huir más fácilmente, pero las mujeres y los niños no tienen la misma flexibilidad». Los informes sobre violencia sexual, explotación y desaparición de niños son profundamente preocupantes. En los lugares de reasentamiento, las mujeres pueden sufrir abusos y acoso cuando intentan conseguir comida para sus familias. «Hemos oído testimonios de que las mujeres sufren solo por tener algo que comer», afirma. «Esta vulnerabilidad continúa incluso en lugares donde se supone que las personas están a salvo».

En la ONU, el hermano Agostinho también expresó su preocupación por cómo los proyectos extractivos a gran escala, en particular en el sector del gas, están agravando el conflicto en Cabo Delgado. Las comunidades se enfrentan a un doble desplazamiento, primero por la violencia y luego por el reasentamiento forzoso vinculado al desarrollo económico. Excluidas de una consulta significativa y privadas de participar en los beneficios de estos proyectos, las familias pierden las tierras ancestrales que son fundamentales para su identidad y supervivencia. «La tierra es sagrada», explica. «Se hereda de generación en generación. Decirle a la gente que se vaya porque hay un proyecto es muy difícil».

Al mismo tiempo, las fuerzas de seguridad suelen desplegarse para proteger las infraestructuras comerciales en lugar de a la población civil, lo que expone a las comunidades a abusos y agrava el resentimiento. En tales condiciones, el desarrollo extractivo no aporta estabilidad, sino que agrava las violaciones de los derechos humanos y alimenta una mayor inseguridad.

Su compromiso con Franciscans International marcó un punto de inflexión en la forma en que el hermano Agostinho entiende su misión franciscana. «Antes nos centrábamos principalmente en la caridad, respondiendo a las necesidades inmediatas», reflexiona. «Con Franciscans International, descubrimos la defensa regional e internacional, ayudando a las personas a reclamar sus derechos». Es un trabajo que requiere paciencia y perseverancia, ya que el cambio a través de los mecanismos internacionales a menudo solo se produce con el tiempo. Para él, esta colaboración completó lo que faltaba en el carisma franciscano en Mozambique.

Como coordinador de la Comisión OFM para la Justicia, la Paz y la Integridad de la Creación (JPIC) en Mozambique, el hermano Agostinho trabaja para concienciar a sus compañeros frailes y a las generaciones más jóvenes de que la vida franciscana no es solo espiritual, sino que está profundamente comprometida con las realidades de la injusticia. «La justicia y la paz son el carisma franciscano en acción», afirma.

Al tomar la palabra durante las sesiones previas al EPU, describe la experiencia como ver una luz verde al final del túnel. «Es todo o nada», reflexiona. «Tengo que hablar y usar estos micrófonos porque aquí hay esperanza». Tras su intervención, varios diplomáticos se acercaron a él para saber más sobre Mozambique. «Me demostró que nuestro sufrimiento no es invisible».

A pesar de la gravedad de la situación, el hermano Agostinho sigue anclado en la esperanza. «Como cristianos, siempre debemos tener esperanza», afirma. «En medio del caos, creemos que el mal no tiene la última palabra».

«Para el pueblo de Cabo Delgado», concluye, «el mensaje es sencillo: queremos la paz y queremos recuperar nuestra tierra». Gracias a la presencia franciscana en la ONU, su sufrimiento ya no se reduce a meras cifras, sino que se escucha como un llamamiento a la conciencia.